Soltar la Roca

 



“Lo que de mí

hace al yo: el peso de su historia.

La inercia que conduce siempre

al mismo punto.

La creencia en el punto”

(Chantal Maillard)


Soy, digo, y al decirlo parezco convencido de que soy. Tengo un cuerpo, puedo verlo y tanto el dolor como el placer me lo recuerdan de vez en cuando. No es posible no ser cuerpo cuando se entierra una uña. .Me veo en el espejo. Ese soy yo, pienso, pero en realidad no es así, lo que veo no soy yo sino mi reflejo que se me parece pero a diferencia de mí es zurdo siempre. Puedo ver mi rostro, mis ojos a través del espejo o de una fotografía, pero de nuevo lo que veo es una imagen. Qué extraño darme cuenta que no puedo ver mi propia cara o mis ojos directamente. Soy mi rostro, pero mi rostro es algo que no puedo ver. Algo íntimamente mío es, de algún modo inaccesible. Mis ojos nunca podrán ver mis ojos.

Soy, pero quién o qué soy. Mi cuerpo, sí. Pero ¿y ese que piensa y siente y habla? Aparece la tentación de separarme del cuerpo, creer que yo estoy dentro, que lo habito. Pero si yo estoy dentro ¿qué es el cuerpo entonces? ¿El envoltorio de lo que soy? ¿No es el cuerpo tan yo como eso otro que también soy? ¿Y lo que pienso-siento-digo no es también cuerpo? Es cuerpo, pues sin cuerpo no podría pensar-sentir-decir.

¿Hasta dónde llega el cuerpo que soy? ¿Dónde termina? Lo más simple es pensar que llega hasta donde mi piel llega. La piel es el límite. Pero no lo es. Yo sé de mis manos cuando tocan el mundo, sé de mis ojos cuando ven el mundo, sé de mis orejas cuando escuchan el mundo, de mi nariz cuando lo huelen. Sin el mundo no sabría de mi cuerpo. Pero sin mi cuerpo no sabría del mundo. Mis ojos, entonces, son del tamaño de lo que miran. Mi cuerpo es del tamaño del mundo que percibe. No invento nada, lo anterior lo dice Merleau-Ponty si es que algo, aunque sea un poco, entiendo.

Soy mi cuerpo y lo que lo habita. No, tampoco, no están separados y al decirlo así los divido.

¿Qué soy? ¿Quién?

Soy Paco, digo, pero eso tampoco es cierto. Paco es un nombre, un sonido, aire atravesando la garganta y los labios. Es el nombre que otros me dieron y al que yo asiento. Pero yo no soy un nombre. Empiezo a sentir el inicio del vértigo. Busco lo que soy y no lo encuentro y cuando creo encontrarlo se me escapa (¿Quién es ese que dice se me…?). Intento entonces aferrarme a algo: soy. No sé que soy, no sé quién soy, pero soy. Por un momento siento un frágil suelo bajo mis plantas. Pero en cuanto lo siento, empieza a crujir y se disuelve. Y es que lo que creo ser nunca se está quieto, he construido la ilusión de que lo está, pero no es cierto. ¿Qué tengo que ver yo con el niño bien peinado que aparece en un retrato en casa de mis padres? ¿Qué queda de ese que fui? Me digo que aquel niño y yo somos el mismo, pero ¿lo somos? No puedo saberlo porque a aquel lo he olvidado casi por completo. ¿Qué sentía aquel niño? ¿Qué soñaba? ¿Qué queda de él en mí, si es que algo queda?

No iré tan lejos: ¿soy el mismo de hace un par de meses? Creo que sí, que hay una cierta continuidad que me permite creerlo. Pero entonces, ¿cuánto dura lo que soy? Miro hacia atrás y me doy cuenta de lo mucho que he cambiado. Queda muy poco de lo que creía antes, queda casi nada de lo que soñaba ser. Si a aquel que fui le hubieran permitido ver en lo que se convertiría ¿se hubiera sentido orgulloso o avergonzado?

Sigo cambiando. Hace apenas unos días me he cuestionado si quiero seguir haciendo lo que hago. He dedicado años, muchos, a construir lo que soy y de pronto ya no sé si deseo seguirlo siendo. ¿Qué quedará entonces? “El mí –dice Chantal Maillard- no se alcanza con ningún otro mí”.

¿Soy lo que soy y también la suma de lo que he sido? ¿Soy lo que soy y lo que seré aunque ahora no pueda imaginarlo? Quizá no. Lo que fui y lo que seré no existe y solo soy esto, este que cambia. ¿Este que cambia? ¿Hay un este que podría cambiar o no? ¿O soy el cambio siendo? Quizá solo soy un siendo, soy este que apenas enuncio y ha quedado atrás convertido en fui, es decir, cenizas, nada o casi nada, tan ajeno a mí como el niño del retrato.

Un siendo que se hace y se deshace al existir, un soplo de ahora que en cuanto está deja de estar, tan breve como un parpadeo.

De nuevo el vértigo.

Pero para habitar el mundo debo aferrarme a algo, y quizá eso a lo que me aferro es la ilusión de que soy, no solo de que existo.

La ilusión me dice: eres. Has cambiado, sí, fuiste un niño y un adolescente, creíste cosas que ahora no crees, como serpiente fuiste dejando pieles a lo largo del camino, pero –y en ese pero vive la ilusión- más allá de los cambios hay algo que permanece, lo que verdaderamente eres. ¡Qué alivio! Me agarro a esa roca en medio del río. Algo permanece. Algo sigo siendo a pesar de todo lo que ya no es.

Luego viene la filosofía que niega ese algo y me despoja de mi roca y me lanza a la corriente. No hay esencia, nunca ha habido, dicen. No hay algo previo a tu existir, no hay un tú antes de lo que vas siendo. Ya, reclamo tratando de que me devuelvan a la roca, pero debajo de todo lo que cambia, de cada máscara y rol, de cada edad y creencia, muy en el fondo, palpita lo que soy. ¡Debe haber algo en el fondo, un sustento! La filosofía me mira con cierta ternura condescendiente, niega con la cabeza. Debajo de las máscaras, me dice, de la última máscara no hay nada. Eres lo que actúas ser, eres cada máscara, cada acto, cada decisión. No hay más. Butler: “No hay ningún ser detrás del hacer, del actuar, del devenir; el agente (el ser, el sustrato) ha sido ficticiamente agregado al hacer, el hacer es todo”.

Empiezo a extrañar mi roca.

Lo que ocurre es que he inventado que hay un yo al cual aferrarme, y ese yo es mi roca en medio del río. Pero se trata de una roca inexistente. No estoy solo en eso: nacimos, crecimos y vivimos en una cultura, en una gramática, en un texto que afirma que la roca es real. Es muy difícil darse cuenta que no existe. Y da miedo.

Son muchos los filósofos que afirman que la roca no existe. No exactamente: existe, pero existe porque la inventamos, porque decidimos creer en ella. Es real porque la hicimos real de tanto inventarla. Sin nuestra invención no existiría.

¿Quién inventó la roca? De algún modo la seguimos inventando todos al creer en ella. Pero no solo eso. Otros filósofos advierten que atrás de esa invención está el poder, que es a quien le conviene que lo sigamos creyendo e inventando. Tan poderoso es el poder que nos hace creer que no hay otra posibilidad que la existencia de la roca, que la roca ha existido siempre, que es lo natural; un argumento que le encanta al poder, porque cuando nos hace creer que es natural pareciera que no hay modo de cuestionarlo, de subvertirlo; que así es, así ha sido y así será siempre.

El poder dice que la roca a la que me aferro es real y si lo niego estoy loco. ¿Cómo es que esto le sirve al poder? Porque va inventando rocas que nos dicen una y otra vez: así es la realidad, así eres tú, no hay otra opción. Así es La Mujer, así es El Hombre, esta es La Verdad, este es El Bien. Son incuestionables y lo único que podemos hacer ante ellos es asumirlos y someternos a riesgo de ser locos. Someternos al poder. Las rocas dan seguridad, sí, pero encarcelan, impiden mirar más allá, nos ciegan a otros posibles. Es dificilísimo mirar más allá de las rocas, tan más allá que dudemos de su existencia como algo natural. Existen, sí, pero porque las inventamos. ¿Podemos desinventarlas?

Judith Butler dice que no del todo. Sigue a Derrida que dijo que no hay nada fuera del texto, es decir, no hay nada fuera de la cultura en la que estamos insertos, todo lo que consideramos “la realidad” está dentro de ese texto y es imposible salir de él para mirar esa supuesta realidad (ese texto) desde fuera. Quizá me equivoco, pero lo pienso como una enorme representación teatral en donde nos toca desempeñar un papel. Solo que creemos que esa representación es la realidad y ese papel es lo que somos. Dice Joan-Carles Melich que llegamos al mundo siempre demasiado tarde y nos vamos siempre demasiado pronto. Quizá entonces llegamos cuando la representación ya inició (lleva siglos de iniciada). Tenemos que desempeñar nuestro papel, pero no lo sabemos, lo vamos aprendiendo al actuar, otros nos lo enseñan. Si lo hacemos bien se nos premia, si nos equivocamos nos castigan. Actores y actrices en una representación, pero no sabemos que se trata de una representación sino que (la roca) creemos que es la realidad y por lo tanto que no hay otra posibilidad. Nacimos dentro de la representación y moriremos también dentro de ella. No podemos salir. Sería como intentar mirar con unos ojos que no fueran los míos. Solo puedo mirar con mis ojos. Solo podemos mirar la realidad desde dentro del texto, de la representación. Pero recordemos que el texto es una construcción y no la realidad. ¿Entonces? ¿Estamos condenados a esas rocas inventadas? No podemos hacer que desaparezcan, es cierto, pero podemos cuestionarlas, no darlas por hecho, no asumir que son lo natural y por lo tanto, lo único.

Si no hay una esencia, si no hay La Mujer, El Hombre, El Ser Humano, La Verdad, El Yo, sino que estas ideas son solo rocas inventadas entonces no estamos obligados a adecuarnos a ellas. Hay mujeres, varones, personas, formas de acercarse a la verdad pero son variadas, diferentes, únicas. No debo adecuarme al Hombre porque no hay tal cosa, solo puedo ir siendo el hombre (u otra cosa) que elijo a cada momento, a cada elección, con cada gesto. En otras palabras, voy actuando con mi cuerpo, mis gestos, mi voz a ese hombre (u otra cosa) que estoy siendo. Puedo ajustarme al papel que me han dado desde antes de nacer para adecuarme a la representación o puedo ponerlo en duda e intentar algo diferente. No puedo salir de la Representación, pero, aunque sea un poco, intento elegir mi papel, aunque eso inquiete y enoje a quienes afirman que solo hay un papel posible. No soy una identidad que luego expreso, sino que actúo mi identidad y al actuarla y repetirla públicamente la creo. Mi estar siendo será distinto al tuyo. Más que tener una identidad somos un constante proceso de identificación y desidentificación. Así lo dice Butler: “El yo no es un ser delimitado sino un perpetuo problema de delimitación”. El yo delimitado, lo que Soy, es una roca, quizá una de las más importantes, pero como las otras rocas, un invento. Soy un siendo, el yo es solo un proceso en movimiento. No la roca sino el río.

Por supuesto, esta posibilidad, esta transgresión incomoda al poder. No es que lo destruya, ya dijimos que el poder es poderoso, pero lo cuestiona, le abre grietas. Y es que si somos conscientes de que las rocas son un invento, se abre un pequeño espacio de libertad. No debemos ser El Hombre o La Mujer o El Ser Humano, esos papeles a los que nos obliga la representación, podemos intentar ir siéndolo como elijamos. Podemos ir siendo sin aferrarnos a la roca. Este hombre, esta mujer, alguien que no es ni una cosa ni la otra. Hombre, Mujer, Persona, Verdad, Masculino, Femenino, Heterosexual, Homosexual, Transexual, Yo… son rocas de las que intentamos agarrarnos.

“Ahora creen que se puede ser lo que sea -dicen indignados los convencidos de la roca- que se puede cambiar de género y de sexo como de calcetines”. No somos tan ingenuos. Judith Butler advierte junto a Derrida que no podemos salir del texto, ¿recuerdan? Solo podemos abrirle pequeñas grietas cuando cuestionamos todo aquello que llaman natural sin serlo, cuando nos preguntamos si no hay otras posibilidades, cuando transgredimos, aunque sea un poco, el papel que quieren que juguemos en la Obra. Aunque hay quien afirma haber escapado al texto, al menos por un momento. Mi amiga Pily Montes de Oca lo dice así: “Después de dos semanas de nacida mi hija pude cargarla en brazos y pegarla a mi pecho. Lo que viví, ni yo misma puedo nombrarlo, pero mi cuerpo lo sintió. Esa experiencia nunca estará en el texto. pero ocurrió... creo que salimos por la grieta, salimos del texto. Vivimos momentos de orfandad de texto”. ¿Eso es posible? Quizá.

Soy un siendo, un proceso, algo en continuo movimiento. Pero ese siendo no es posible sin lo otro, sin los otros. Soy un siendo con, un siendo en, un siendo ante. Ahora que escribo soy un siendo en mi habitación, ante la computadora y ante posibles lectores, con mi gata entre las piernas y mi hija a mi lado. Sin ese en, ese ante y ese con no podría estar siendo. Siendo con mi hija que a su vez está siendo conmigo. Necesitamos del otro para ser siendo, para sabernos siendo.

Un siendo con otros siendo que es un río que nunca se detiene, el vértigo de que más allá no hay rocas fijas de las que podamos aferrarnos, o las hay, pero sabemos que son un invento y elegimos ser agua en lugar de ser roca, hay miedo, sin duda, pero también hay libertad, siendo contigo, siendo juntos, irnos siendo, hasta un día ya no ser.

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